Tuvimos un entierro bonito: ella, yo, todo mi alrededor. Fue un día de enero de hace ya más de un año, pero hacía más calor que nunca en la historia de todos los eneros. Nadie iba vestido de negro. O bueno, tal vez algún visitante demasiado inteligente y complicado. Yo llevaba un vestido blanco, de tirantes finos, con un montón de agujeritos diminutos, una ventilación discreta y perfecta, como casi todas las cosas pequeñas. Ella estaba acurrucada en un agujero de tierra húmeda y caliente, sudorosa, con las rodillas dobladas hacia su pecho y las manos juntas a la altura de la barbilla.
-lo siento- me dijo- no pude aguantar más.
-nada de eso me importa ahora.
Ahora. Entonces. Ya no me importó haber estado buscándola con desconsuelo hasta bajo mi piel. No me importó que me hubiera abandonado justo cuando más la necesitaba, cuando no sabía a qué parte de mi hacer caso. No me importó la soledad que me había pesado tanto.
Le puse una manta polar sobre el cuerpo, una manta con miles de rayas de colores. Y le acaricié el pelo, largo y sedoso, repartido en dulces y destartaladas ondas a ambos lados de la cabeza inclinada. Justo cuando me retiraba, a la vez que la primera pala de arena caía sobre ella, cuando la muy pequeña aventurera creyó que ya no la oía, susurró:
-en el fondo, nunca me fui....soy tú.
sigo perdida, ¿cómo podía ser de otra manera?